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La Coctelera

The O.C.: comienza el fenómeno

La primera temporada de The O.C. fue un auténtico boom: recogido el testigo de Dawson Crece, estaba claro que las series adolescentes tenían que contar toda la angustia existencial de esos años más allá de los problemas típicos de instituto protagonizados por los chicos de Beverly Hills. La cuestión ya no era que Steve falsificase sus notas, o que Donna pudiese graduarse o no junto al resto de sus compañeros: Ryan venía de una familia deshecha, víctima de malos tratos y con un hermano y un padre en prisión; Marissa ahogaba sus penas en alcohol con 16 años y perdía la virginidad con su novio del instituto por despecho…poco antes de casi morir de sobredosis en el séptimo capítulo porque la niña rica, qué raro, no era feliz… Y es que nadie era perfecto en The O.C., como si lo eran por ejemplo Brandon y Brenda al comienzo de su serie. De hecho, todo lo bonito de Orange County estaba lleno de mierda en su interior. Así que inflando hasta el extremo los problemas dawsonianos y mezclándolos con una banda sonora con clara inspiración underground (es decir, hasta que con la promoción de la serie comienza a ser comercial a base de que las modernas lo ‘descubran’), los chicos de Organge County comenzaron su andadura con siete capítulos idénticos en los que había, imprescindiblemente, una fiesta, una pelea (con Ryan envuelto de una manera u otra), un poco de Tensión Sexual No Resuelta (desde ahora TSNR) entre Marissa y Ryan y alguna broma casi graciosa de Seth. La fórmula funcionaba, habían nacido los herederos de los chicos de Beverly Hills, pero ahora eran aún más guapos, más inteligentes y se creían más indies. Pero todo tiene un fin…

El resto de la primera temporada fue un remiendo: parecía que el éxito de la serie hubiese cogido a todo el mundo por sorpresa, y nadie sabía por donde seguir. Volvieron personajes interesantes, como Anna, que sí era relativamente original y toda ella respiraba aire indie, pero lo demás flojeaba: Ryan y Marissa se convertían casi de inmediato en pareja, pero un niño rico y loco se interponía en su camino; Summer, la juerguista pasada de rayos uva y con pinta de putita, iba cambiando de un episodio a otro, transformándose en una inocentona ¡y virgen! que se enamoraba del freak de la serie, léase Seth Cohen; Caleb, el padre de la perfecta Kirsten, cobraba cada vez más protagonismo, hasta convertirse en el nuevo padrastro de Marissa y de la gran (y ausente) Kaitlin al casarse con la grandísima Julie Cooper (que de villana al estilo Alexis pasó a ser la mala tonta que toda serie de hoy necesita); al pobre Sandy le colaron a una secundaria de Friends como lío extraconyugal que no llegó a consumarse porque el personaje desapareció de la serie sin explicaciones. Y Kirsten… bueno, Kirsten no hacía mucho (aparte de aparecer con mechas y corte de pelo nuevo en cada episodio, que ya es mérito), por eso inocentemente insinuaron desde el principio que le gustaba el vino blanco más de la cuenta y ya sabemos cómo acabó el tema… Final de temporada: boda de Caleb y Julie, Ryan abandonando Orange County siguiendo a su ex-novia latina embarazada, Marissa echa pedazos pero siempre guapísima, y Seth yéndose en una barquita a cruzar los mares por haber perdido al amor de su vida, que no es Summer precisamente, porque está claro que el freak a quien siempre quiso fue a Ryan… Sí, según los créditos, Peter Gallagher y Kelly Rowan (Sandy y Kirsten) eran los protas, pero nada interesante les pasaba a ellos…

The O.C.: el culebrón (teen) del siglo XXI

Ryan Atwood (Ben McKenzie), un chico humilde proveniente de una familia desestructurada del deprimido barrio de Chino, en California, se mete en problemas cuando es detenido por robar un coche junto a su hermano. Su abogado, Sandy Cohen (Peter Gallagher), casado con Kirsten (Nelly Rowan), la rica heredera del grupo Newport, lo acoge en su casa de Newport Beach para que no vaya a un reformatorio. Allí, Ryan se hará amigo del hijo de los Cohen, Seth (Adam Brody), enamorado de Summer (Rachel Bilson) desde el colegio, y se enamorará de Marissa Cooper (Mischa ‘diosa entre los hombres’ Barton), la ‘chica de al lado’, cuya familia está a punto de perderlo todo al descubrirse que su padre, un rico inversor, ha perdido todo el dinero de sus clientes. Pero sobretodo, Ryan verá que no sólo los pobres lloran…

Comenzó como un repuesto de verano: una serie llena de gente guapa que mostraba los altibajos de la clase alta de la pequeña ciudad de Newport Beach, un paraíso lleno de campos de golf, fiestas exclusivas y playas paradisíacas donde podía ponerse el sol, pero nunca hacía frío. Las cifras hablaron: siete capítulos se cerraban con una audiencia que rara vez se había visto en una serie de sus características, y nacía así el culebrón yanqui más importante de lo que va de siglo: The O.C. Nacía un fenómeno adolescente que no se había dado desde los lejanos tiempos en que la pandilla de Sensación de vivir se dedicase a pasearse por la pequeña pantalla con sus increíbles historias que parecían juegos de niños (¿no lo eran, al fin y al cabo?) comparados con los que les tocó vivir a Ryan, Marissa y cía.

The O.C., como producto catódico, representaba todo lo que se espera de una serie comercial (gente guapa, protagonistas cañón carne del Seventeen primero y del Vogue después, tramas recicladas que enganchaban como cuando se usaron hace 30 años, buenos muy buenos, malos no tan malos…), y sin embargo tenía espíritu indie. Y durante cuatro temporadas supieron combinar ambas tendencias. Bueno, durante tres… y media. Pero algo falló, y pese a que muchas series peores han sobrevivido durante más episodios, The O.C. sucumbió sin poder completar dignamente su cuarta temporada.

¿Qué pasó en Orange County?